Los meses de verano tienen algo de radiografía. Con media ciudad de vacaciones, la misa de diario deja ver el esqueleto de la parroquia: los bancos medio vacíos, las caras de siempre, alguna visita de paso. Es un buen momento para hacerse una pregunta sencilla: ¿qué es exactamente esto que llamamos parroquia?
El Documento Final del Sínodo sobre la sinodalidad (octubre de 2024) le dedica un número entero, el 117, y da una respuesta que sorprende por lo concreta. Dice que la parroquia es «un lugar privilegiado de relaciones, acogida, discernimiento y misión». Pero lo más interesante viene después: lo que la caracteriza es ser «una propuesta comunitaria sobre una base no electiva».
Merece la pena detenerse en esas dos palabras: no electiva.
Vivimos rodeados de comunidades a la carta. Elegimos nuestros grupos de WhatsApp, silenciamos a quien nos incomoda, y los algoritmos nos sirven exactamente lo que ya pensábamos. Hasta las amistades se filtran. La parroquia funciona al revés: nadie ha elegido al que se sienta en el banco de al lado. Ahí conviven, dice el Sínodo, «personas de diferentes generaciones, profesiones, orígenes geográficos, clases sociales y condiciones de vida». El jubilado y la estudiante, el que viene de siempre y el que acaba de llegar de otro país. No nos hemos escogido; nos hemos encontrado. Y eso, que a veces incomoda, es precisamente el tesoro: una escuela de fraternidad que no funciona por afinidad sino por gracia.
El documento no idealiza. Reconoce que los cambios en la forma de vivir el territorio «obligan a reconsiderar» la configuración parroquial. La gente ya no vive donde duerme: trabaja en un sitio, hace deporte en otro, tiene a los amigos repartidos. El Sínodo habla del «territorio existencial» de cada persona, y pide a las parroquias abrirse a «formas inéditas de acción pastoral» que tengan en cuenta esa movilidad. Traducido: la parroquia no puede limitarse a esperar detrás de la puerta.
El Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad define la parroquia como una comunidad que no elegimos. Y esto es una buena noticia.
Y hay una tercera idea, quizá la más exigente: la parroquia «no está centrada en sí misma». Su razón de ser no es sostener sus propias actividades, sino apoyar a quienes viven y dan testimonio de su fe fuera del templo — en el trabajo, en la vida social, cultural y política. Dicho de otro modo: la parroquia no se mide por lo que pasa dentro, sino por lo que sus miembros llevan fuera.
Nada de esto es teoría lejana. El camino sinodal sigue en marcha, también en nuestra diócesis, y el mejor sitio para vivirlo es el más cercano: la comunidad concreta, con sus nombres y apellidos, que se reúne cada domingo en torno a la Eucaristía.
Cuando septiembre vuelva a llenar los bancos, quizá podamos mirar al de al lado con otros ojos. No lo hemos elegido. Nos ha sido dado. Y ahí empieza todo.
Para saber más:
- Sínodo de la Sinodalidad – Conferencia Episcopal Española
- Iglesia Sinodal – Diócesis de Vitoria
- Secretaría General del Sínodo – Vaticano
El texto completo del Documento Final (el número 117 trata específicamente de la parroquia) puede descargarse aquí.
